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Reflexión semanal

Cuando no sabes quién eres

La identidad que recibimos de Dios cambia la manera en que decidimos.

7 min de lectura

"Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable."

1 Pedro 2:9

Introducción: La raíz de muchas malas decisiones

¿Por qué personas que aman a Dios terminan tomando decisiones que destruyen su vida? La respuesta más común es pensar que les faltó carácter, conocimiento o fuerza de voluntad. Sin embargo, al recorrer las páginas de la Biblia descubrimos que muchas de esas decisiones nacieron de un problema mucho más profundo: una identidad equivocada.

La identidad responde una pregunta sencilla pero determinante: ¿quién soy? La forma en que respondemos esa pregunta influye en la manera en que tratamos a los demás, enfrentamos las dificultades y reaccionamos ante la presión. Cuando olvidamos quiénes somos delante de Dios, inevitablemente comenzamos a actuar como alguien que nunca fuimos llamados a ser.

A lo largo de la Escritura encontramos personas que tomaron decisiones desastrosas porque perdieron de vista su identidad, y otras que permanecieron firmes precisamente porque sabían quiénes eran.

Cuando olvidas quién eres, comienzas a actuar como alguien más

La primera evidencia aparece muy temprano en la historia de la humanidad. Después de que Dios aceptó la ofrenda de Abel y rechazó la de Caín, el resentimiento comenzó a crecer en el corazón de este último hasta convertirse en odio. Finalmente asesinó a su hermano.

"Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?"

Génesis 4:9

Aquella respuesta revela mucho más que una mentira. Caín había dejado de entender el papel que Dios le había dado. Ya no veía a Abel como un hermano al que debía cuidar, sino como un rival del que debía deshacerse. Cuando nuestra identidad cambia, también cambia la forma en que nos relacionamos con los demás. Dejamos de servir porque comenzamos a competir. Podemos atacar a quienes antes protegíamos y dejamos de alegrarnos por el bien de otros porque la comparación abre la puerta a la envidia. Antes de levantar una piedra contra Abel, Caín ya había perdido algo mucho más importante: había olvidado quién era.

Dos hermanos jóvenes en una discusión marcada por la comparación

Ese mismo patrón aparece siglos después en la vida del rey Saúl. Dios lo había escogido para gobernar Israel, pero cuando David comenzó a recibir reconocimiento, Saúl interpretó el éxito de aquel joven como una amenaza personal.

"Y cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles. Y se enojó Saúl en gran manera, y le desagradó este dicho, y dijo: A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino. Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David."

1 Samuel 18:7-9

David nunca buscó arrebatarle el trono; fue Saúl quien permitió que la inseguridad gobernara su corazón. Cuando nuestra identidad depende del reconocimiento, cualquier persona talentosa parece un enemigo. En cambio, quien descansa en la identidad que Dios le ha dado puede celebrar los dones de otros sin sentir que pierde valor.

Algo similar ocurrió con Aarón. Mientras Moisés permanecía en el monte Sinaí, el pueblo comenzó a desesperarse y exigió un dios visible.

"Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros."

Éxodo 32:1

"Y él los tomó de las manos de ellos, y le dio forma con buril, e hizo de ello un becerro de fundición."

Éxodo 32:4

Aarón tenía autoridad para guiarlos, pero actuó como si fuera simplemente uno más entre la multitud. En lugar de ejercer el liderazgo que Dios le había confiado, cedió a la presión y fabricó el becerro de oro. La idolatría comenzó mucho antes de fundir el metal; comenzó cuando Aarón dejó de verse como el líder espiritual que Dios había llamado a ser.

Líder joven cediendo ante la presión de un grupo

Cuando sabes quién eres, tus decisiones cambian

La Biblia también presenta hombres cuya identidad fue el fundamento de su obediencia.

José había perdido su libertad, su familia y su posición social, pero nunca perdió su relación con Dios. Por eso, cuando la esposa de Potifar intentó seducirlo, respondió:

"¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?"

Génesis 39:9

José entendía que las circunstancias podían cambiar, pero su identidad permanecía intacta. Egipto podía llamarlo esclavo, pero él seguía siendo un hombre de Dios.

Joven manteniendo una decisión íntegra ante una presión incómoda

Daniel vivió una experiencia parecida. Babilonia intentó cambiar su nombre, su cultura y sus costumbres, pero nunca logró cambiar su identidad. Cuando el rey prohibió orar, Daniel hizo exactamente lo que siempre había hecho: abrió las ventanas de su casa y habló con Dios.

"Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes."

Daniel 6:10

No actuó con valentía para convertirse en un hombre fiel; actuó con valentía porque ya sabía que era un siervo del Señor.

Joven orando con serenidad mientras otros lo observan

El ejemplo supremo es Jesucristo. Pablo escribe:

"El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."

Filipenses 2:6-8

Jesús nunca necesitó demostrar quién era porque tenía absoluta claridad sobre su identidad. Sabía que era el Hijo de Dios y también sabía que era el Cordero enviado para quitar el pecado del mundo. Precisamente porque conocía su identidad pudo abrazar con firmeza su propósito.

Nuestra identidad también determina nuestras decisiones

Las historias de Caín, Saúl y Aarón nos muestran que una identidad confundida produce decisiones equivocadas. Las vidas de José, Daniel y Jesús revelan exactamente lo contrario: cuando una persona tiene claro quién es delante de Dios, encuentra la fortaleza para obedecer incluso cuando hacerlo tiene un costo.

Lo mismo sucede con nosotros. Muchas de las decisiones que lamentamos nacen del intento de encontrar valor, aceptación o reconocimiento donde nunca podremos hallarlos. Competimos porque olvidamos que ya somos amados. Cedemos a la presión porque olvidamos que pertenecemos a Dios. Buscamos demostrar nuestro valor porque todavía no descansamos en la identidad que Cristo nos ha dado.

El evangelio cambia completamente esa perspectiva. Los creyentes no obedecemos para convertirnos en hijos de Dios; obedecemos porque ya hemos sido hechos sus hijos. No servimos para ganar aceptación; servimos porque ya hemos sido aceptados por gracia. Nuestra identidad no se construye a partir de nuestros logros; se recibe como un regalo de Dios.

Conclusión

Detrás de muchas malas decisiones no hay simplemente falta de disciplina o de conocimiento. Con frecuencia existe una pregunta sin responder: ¿quién soy realmente?

Cuando olvidamos nuestra identidad, terminamos viviendo para competir, agradar a otros o proteger nuestro orgullo. Pero cuando recordamos que somos hijos de Dios, nuestras decisiones comienzan a reflejar esa realidad. Dejamos de actuar movidos por el temor y comenzamos a vivir guiados por el propósito que Dios nos ha dado.

Para reflexionar esta semana

Antes de tomar una decisión importante, detente unos minutos y pregúntate:

  • ¿Esta decisión refleja la identidad que Dios me ha dado?
  • ¿Estoy actuando desde el temor, la comparación o la presión de otros?
  • Si realmente creyera que soy un hijo de Dios, ¿respondería de la misma manera?

La respuesta a esas preguntas puede revelar que el verdadero desafío no es la decisión que tienes delante, sino la identidad desde la cual la estás tomando.