Reflexión semanal
Desde hoy: cinco comienzos en nuestra relación con Dios
Una reflexión sobre cinco comienzos del discipulado: invocar a Dios, buscarlo, ofrecerle, seguir a Jesús y compartir la fe con otros.

La última vez hablamos de las cosas que necesitamos dejar de hacer. Hoy vamos a identificar lo que necesitamos comenzar para que nuestra relación con Dios crezca.
Estos cinco comienzos nos ayudan a examinarnos. Los presentamos como una progresión para el discipulado; los pasajes no establecen una escalera obligatoria. Al crecer, seguimos invocando, buscando y ofreciendo a Dios.
1. Invocar a Dios: “Señor, necesito que intervengas”
“Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová”. —Génesis 4:26, RVR1960.
El texto señala el comienzo de la invocación a Dios, aunque no explica qué motivó a aquellas personas. Coincide con que Lamec comenzó a anunciar su maldad, diciendo que por un golpe mataría a alguien, aunque fuera un joven. Ante la maldad, es común que los que “no son malos” comiencen a invocar a Dios, o también podemos relacionarlo con un hecho muy común: muchos comenzamos a orar porque necesitamos ayuda.
Una noticia médica. Un matrimonio en dificultades. Una puerta que se cierra. Algo nos hace reconocer que nuestras fuerzas tienen un límite.
Invocar a Dios es reconocer: “Necesito ayuda y creo que tú puedes escucharme”. Nos acercamos con la expectativa de que intervenga a nuestro favor.
Una necesidad puede abrir una conversación con Dios que transforme toda nuestra vida.
Estoy en esta etapa si:
- Mis oraciones se concentran principalmente en lo que necesito resolver.
- Busco a Dios con intensidad durante las crisis y suelo olvidarlo cuando pasan.
- Mi expectativa está puesta principalmente en que cambie mi situación.
2. Buscar a Dios: “Señor, quiero estar cerca de ti”
“Siendo aún muchacho, comenzó a buscar al Dios de David su padre”. —2 Crónicas 34:3, RVR1960.
Josías comenzó a buscar a Dios siendo joven. Era rey desde los ocho años, así que, con mucha probabilidad, sus necesidades materiales podrían haber estado cubiertas. Buscaba a Dios porque quería.
Hay un valor insuperable al vivir cerca de Dios. No me refiero a un entorno cristiano o religioso. Me refiero a tener una relación con Dios, en la que disfruto de su presencia. Lo busco porque me gusta estar cerca.
“Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” —Jeremías 29:13—.
Hay una diferencia entre conocer el número de alguien y cultivar una amistad. La amistad necesita tiempo, atención y conversaciones que vayan más allá de pedir favores.
La cercanía empieza a crecer cuando hacemos espacio para escuchar.
Estoy en esta etapa si:
- Busco momentos con Dios aunque no tenga una urgencia.
- Leo la Biblia con disposición a que corrija mis ideas.
- Estoy aprendiendo a disfrutar su compañía, incluso mientras espero respuestas.
- Empiezo a tomar decisiones considerando su voluntad.
Hacer espacio cotidiano para orar y leer la Palabra es una muestra de esta búsqueda. Empieza a surgir en mí una disposición: “Señor, quiero aprender de ti y obedecerte hoy”.
3. Hacer sacrificios: “Señor, quiero ofrecerte algo que valoro”

“Desde el primer día del mes séptimo comenzaron a ofrecer holocaustos a Jehová”. —Esdras 3:6, RVR1960.
Los que regresaron del exilio comenzaron a ofrecer sacrificios cuando todavía faltaba reconstruir el templo. Había mucho pendiente, pero ya estaban dando pasos para restablecer el culto.
Para nuestra vida cristiana, esta entrega puede expresarse mediante tiempo, recursos, servicio y comodidad que ponemos a disposición de Dios. Romanos 12:1 presenta nuestra propia vida como una ofrenda que responde a su misericordia.
Aquí aprendemos a ponernos en segundo lugar. Descubrimos que amar a Dios también toca la agenda, el bolsillo y la disposición a servir cuando estamos cansados.
Esperar a tener tiempo para servir, presupuesto para dar o estabilidad para ayudar a otros hará que nunca ofrezcamos. Damos de lo que valoramos, aunque no nos sobre.
Estoy en esta etapa si:
- Mi generosidad y mi servicio tienen un lugar previsto en mi vida.
- Estoy dispuesto a ceder comodidad para atender una necesidad de alguien más.
- Ofrezco con gratitud, sin llevar una cuenta de lo que espero recibir a cambio.
- Puedo poner mis preferencias en segundo lugar para honrar a Dios y servir a otros.
La ofrenda y el servicio responden al amor que hemos recibido. Su propósito es honrar a Dios; no comprar su favor.
4. Entregarle nuestra vida: “Señor, quiero seguirte con todo lo que soy”
“Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron”. —Lucas 5:11, RVR1960.
Pedro y sus compañeros habían trabajado toda la noche sin resultados. Después de obedecer a Jesús, recogieron una pesca extraordinaria. Al llegar a tierra, dejaron todo para seguirlo.
Hay un detalle significativo en la escena: dejaron las barcas cuando estaban llenas.
Su decisión ocurrió después del éxito de la pesca. Aquel encuentro les mostró que Jesús merecía orientar su futuro.
Esta etapa toca la dirección de nuestra vida. Le entregamos nuestras decisiones, ambiciones, relaciones y planes. Invocarlo, buscarlo y servirle pasan a formar parte de nuestra vida diaria; dejan de ser eventos aislados.
Estoy en esta etapa si:
- Acepto que las enseñanzas de Jesús corrijan mis deseos y decisiones.
- Estoy dispuesto a obedecer aunque deba modificar un plan importante.
- Reconozco su autoridad también en las áreas que más me cuesta entregarle.
- Mi relación con él influye en mi manera de trabajar, administrar mis recursos y tratar a mi familia.
Tal vez hay una decisión que todavía me cuesta rendirle. Mi disposición a confiar en él y obedecerlo en esa área revela cuánto lugar tiene en la dirección de mi vida.
5. Predicar a Jesús: “Quiero que otros también lo conozcan”
“En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas”. —Hechos 9:20, RVR1960.
Después de su encuentro con Jesús, Saulo comenzó a anunciarlo. Su nueva dirección se hizo visible y audible para quienes lo conocían.
Al seguir a Cristo, comenzamos a mirar a otras personas con una preocupación nueva: deseamos que también puedan conocerlo, recibir su gracia y aprender a seguirlo.
Esto puede comenzar en una conversación informal y no planificada: escuchar a alguien, contarle lo que Jesús ha hecho en nuestra vida y explicarle por qué confiamos en él.
Estoy en esta etapa si:
- Oro por personas concretas para que conozcan a Jesús.
- Estoy dispuesto a explicar con sencillez por qué lo sigo.
- Busco oportunidades para compartir mi fe con respeto y amor.
- Estoy dispuesto a acompañar a una persona en sus primeros pasos de fe.
Compartir a Cristo también forma parte del crecimiento de un discípulo nuevo. Saulo comenzó pronto; nosotros podemos comenzar con lo que ya comprendemos y seguir aprendiendo.
Pensar en una persona, orar por ella y buscar la oportunidad para conversar acerca de Jesús es una muestra de estar en esta etapa. Mi relación con él empieza a despertar en mí el deseo de que otros también lo sigan.
Reflexión final
Jesús dijo en Juan 6:37 RVR1960: «y al que a mí viene, no le echo fuera»
Puede que me haya acomodado en alguna de todas estas etapas. O tal vez retrocedí a una etapa que ya había superado. Sin importar dónde esté, puedo comenzar de nuevo.